No nací con una gran voz. Nací con una gran necesidad de expresarme.
Mi camino en el canto no fue fácil. Empecé cantando… y no me fue bien. Me dijeron que mi voz era pequeña, que no servía, que no sonaba.
Pero algo adentro mío seguía insistiendo. Probé con muchos profesores, tomé clases con diferentes personas… hasta que un día, en Argentina, conocí a un maestro que lo cambió todo.
Con él no solo aprendí a cantar de verdad. Aprendí algo mucho más importante: que toda persona que puede hablar… puede cantar.
Mi voz no tenía que sonar como las demás. Solo tenía que sonar como *yo*.
Y eso es lo que descubrí también en mis propias clases: el canto no es solo una técnica, es una herramienta de autodescubrimiento. Una forma de sanar, de expresarse, de recuperar lo que alguna vez callamos.
Hoy acompaño a mujeres y hombres adultos que, como yo, alguna vez creyeron que no podían cantar. Y les ayudo a descubrir que su voz sí puede —y merece— ser escuchada.